Owantshoozi, ¡crear o morir!

OWANTSHOOZI

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Texto: Labrit Fotos: Mito & Pierre Leibar
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Como rosas que emergen del estiércol, entre los desechos más feos se esconden maravillas; pero para descubrirlas, hacen falta ojos y manos como las de Owantshoozi.

Juana estudió en la Escuela de la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne, mientras que Ddiddu se formó en la escuela de diseño de Eindhoven, en los Países Bajos. Tras un nombre para la marca que acababan de crear juntos, acabaron devorando el diccionario de la A a la Z pero sin dar con ninguna opción que les convenciera, y al parecer a Ddiddu se le escapó un «¡Owantshoozi!», algo así como «¡vaya!» o «¡caramba!». Y así, hicieron suya esta expresión de asombro. Y el nombre les va como anillo al dedo, porque el trabajo de Owantshoozi no deja a nadie indiferente. Sin embargo, no crean para provocar asombro en los demás, sino para experimentarlo en su propia piel, para seguir sorprendiendo cuando eran niños.

Juana y Ddiddu, más que hermanos, son hijo e hija, a quienes aún les brilla la mirada como en la infancia: herencia de un padre amante de la cultura y de una madre apasionada por la moda; nietos de aquella abuela que regentaba una tienda de ultramarinos en Urdiñarbe donde hoy tienen su taller; y, cómo no, hijos de Zuberoa.

Pero nunca caen en esa mitología folclórica que está tan de moda. Son radicalmente modernos, porque su modernidad se nutre de sus raíces. Ven, escuchan y sienten la mitología vasca en todos los rincones; la llevan cosida en la piel y saben verter agua nueva de viejos calderos. Al igual que los kauterak, los caldereros de sus mascaradas, tatúan con tinta pop contemporánea la tradición vasca.

Para Ddiddu y Juana, los materiales son maestros y guías.
Lo tienen claro, ante todo, no existe jerarquía entre los materiales: el caucho tiene el mismo valor que oro, las piedras que la plata. El valor no lo da el material en sí, sino la atención que se le dedica. Escuchan el susurro de los materiales, afinando ojos y oídos.
– ¿Qué queréis ser?
– ¡Gorro!, botas de caucho.
– ¡Bolso!, tela de paracaídas.
– ¡Casita de pájaro!, baldosas.
– ¡Owantshoozi! ¿Hay trabajo? Manos a la obra.

Y su plan siempre llega a buen puerto, con la honestidad de quien ejerce su oficio, con aguja y tijeras en mano. Lo hacen todo, desde el principio hasta el final: desde el diseño hasta las puntadas, desde el vertedero hasta los estantes de la tienda.
Ddiddu y Juana surcan las corrientes de agua desde las profundidades hasta la superficie, decididos a recuperar y dar nueva vida a todo aquello que esta sociedad de consumo deja escapar de entre sus dedos. Así, consiguen fusionar en una sola gorra una bota, una cámara de tractor y una tela de paracaídas.
Además, con el caucho que utiliza la compañía de transporte RATP para pavimentos, han creado casitas de pájaros y logrado que ese material, que yacía bajo nuestros pies, ascienda hasta el cielo.

Ligero como tela de un paracaídas
Juana y Ddiddu no dan puntada sin hilo, pero siempre dejan espacio para un toque de humor. Para ambos, la verdadera sinceridad reside en no perder ese punto de locura. Veamos, por ejemplo, su última creación: los cuatro elementos—agua, tierra, aire y fuego—reunidos en cojines y decorados con hermosos bordados en telas recicladas. Pero si miramos de cerca las delicadas imágenes, descubrimos que el aire se convierte en un pedo y el agua en un abundante flujo vaginal.

Esa audacia humorística enriquece aún más el trabajo de Owantshoozi, añadiendo una capa más a la interpretación de sus creaciones. También deja al descubierto la sencillez de los hermanos: no crean para dar respuestas, sino para generar más preguntas. No creen que el cliente sea un mero receptor pasivo; quieren que sea actor, agente. Por ejemplo, las casetas de pájaro las han diseñado como rompecabezas, para que cada cual las monte en su casa, sin necesidad de instrucciones ni pegamento. Así, los generosos diseñadores dejan un espacio para el disfrute de la creación también en manos de quien compre las casitas.

Del ornamento a la decoración
Si le hubieran contado a su abuela que siete txapelas diseñadas en su ultramarinos conseguirían un premio Chanel, ella les habría respondido sin lugar a duda con un «¡alajinkoa!» (el ¡por Dios! o «¡owantshoozi!» de entonces). No conformes con Chanel, también consiguieron el premio Hermès, creando delicados y refinados adornos.En el mundo de la alta costura francesa cualquiera no puede presumir de semejante éxito.

Pero a Juana y Ddiddu no se les ha llenado la boca de triunfos, ni se les ha subido nada a la cabeza. Sin perder tiempo, han vuelto a sumergirse en su trabajo.
Han aprovechado las puertas que les abrieron los premios para seguir creando, colaborando con talleres de Chanel, aprendiendo y aplicando nuevas técnicas.
Ese es el lema y el motor diario de Owantshoozi: «¡crear o morir!»

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